
Con esto no quiero decir que esa noche estos elementos hayan brillado por su ausencia, sino que en los casi 120 minutos que duró el espectáculo, la guitarra de Steve Lukather secuestró la noche, como queriendo demostrar que, pese a los años, el grupo está lejos de mostrar apatías y baja adrenalina -cosa que les sucede a muchas bandas clásicas- y, en cambio, quiso demostrar dureza en cada una de sus actuales y antiguas canciones como queriendo decir: aquí estamos, más robles que nunca.
En la pasada jornada del miércoles, en el Vértice del Museo de la Nación, Toto nos dio un paseó por casi toda su trayectoria musical, con un show en donde mezclaron temas nuevos de su reciente disco, Falling in between, con buena parte (no toda, lastimosamente) de su repertorio clásico. Aquellos que habíamos leído previamente sobre su gira mundial 2007 estábamos alertados: esta vez la grilla no incluía algunos hits radiales que hicieron delirar a las juventudes setenteras y ochenteras (como quien esto escribe) y, en su lugar, el grupo tendría que pasar la prueba de ser evaluado por un público que, por vez primera, escucharía la propuesta de su nuevo álbum. Y lo aprobó. Porque el poder seductor emanado de las guitarras estridentes y acústicas, junto al excelente complemento vocal de cuatro de sus integrantes, la explosiva percusión de Simon Phillips y el magistral teclado de marca Phillinganes lo hizo todo fácil. Toto presentó con singular maestría las canciones de su nuevo álbum, las mismas que gustaron desde el principio, en especial, Bottom of your soul, Taint your world, y la pieza que da título al disco.
Pero si bien el excelente inicio logró cautivar al respetable, éste esperaba desfogar sus ansias guardadas por muchos años al escuchar las primeras notas de las canciones que los hicieron mundialmente famosos. Y Toto no nos podía defraudar, pues éstas por fin llegaron provocando el delirio en la multitud, conformada por cuarentones y veinteañeros en estrecha alianza musical. Vinieron Pamela, Stop lovin’ you, Hold the line, Rossana, Isolation y, por supuesto, Africa, que cerró el show. Lástima que el repaso musical no incluyera otras melodías que en su debido momento fueron objeto de culto en la FM como Holyanna, Stranger in town o St. George and the dragon.
Fueron dos horas de incontenible emoción que largamente superaron al anterior show que dio el grupo en 1996. Y no es que esa vez su performance haya sido poco feliz. De hecho se llevaron buenos elogios de la crítica. Pero en el show de hace once años se sintió como si faltara una pequeña pieza en ese rompecabezas musical. Sucede que Toto, sin Kimball, no es Toto. Disculpen señores Lukather, Paich y Porcaro, pero el alma fuerte del grupo es, definitivamente, el talentoso Bobby. Lo demostró esta noche, pues fue el que mayor ovación recibió del respetable. Pese a que su registro vocal no es el mismo, tuvo el suficiente aire como para sacar adelante cada una de sus interpretaciones, sobre todo Hold the line. En conclusión, Toto le sacó brillo a la noche gris limeña y demostró que, pese a los años, sigue manteniendo la línea.