lunes, 31 de diciembre de 2007

Partidas de Nacimiento (2)

Creedence Clearwater Revival: en honor al “líquido elemento”
En un principio eran The Golliwogs, pero en diciembre de 1967 el destino del grupo tomaría otro cauce. Según cuentan, Creedence, un amigo de John Fogerty, cabeza de la banda, contó a los miembros del grupo que había visto en la televisión un aviso de una marca de cerveza, en el cual se ensalzaba la pureza y calidad del agua empleada para su elaboración. A este dato cristalino y transparente, John le agregó una especie de revival que estaba sintiendo en el ambiente sesentero (provocado quizás por algunos litros de esa bebida espumosa, dorada y hecha con aguas claras). Todo ello entró a un cilindro y dio lugar al inmortal nombre: CC Revival.


Grand Funk Railroad: la banda americana
Banda estadounidense formada en 1969 por Mark Farner (vocalista, guitarra), Don Brewer (vocalista, batería) y Mel Schacher (bajo). El largo nombre, el mismo que con el tiempo sería objeto de controversias y disputas judiciales entre los miembros del grupo, nace como un homenaje a la Grand Trunk Western Railroad, una conocida y antigua línea ferroviaria de Michigan, de donde la banda es originaria.

Jefferson Airplane: el mejor amigo del conejo (blanco)
Años 60. Jorma Kaukonen, miembro del movimiento hippie, era un devoto fan de varios músicos que intentaban hacerse de un espacio dentro del mundo del blues. Uno de esos blueseros tenía un perro llamado Blind Thomas Jefferson Airplane. Jorma pensó que era un buen nombre y se lo propuso al resto del grupo. Estos decidieron que The Jefferson Airplane sería provisional, hasta que encontraran otro nombre. Llegado el día del debut, Grace Slick y los otros miembros del grupo tenían ocupadas sus cabezas con otras cosas, así que optaron por lo más simple: quedarse con parte del nombre del noble can, sin darle regalías ni nada por el estilo.

Joy Division: unidos por la infelicidad
De origen tan sangriento y oscuro como el trágico final de su cantante y líder, Ian Curtis, Joy Division o La División de la Alegría, era el nombre por el cual llamaban a las jóvenes deportadas obligadas a prostituirse para servir a los oficiales nazis, durante la Segunda Guerra Mundial.

Rage Against the Machine: globalifóbicos
La Furia Contra la Máquina fue el nombre inventado por Zack de la Rocha mientras pertenecía a un grupo de hardcore llamado Inside Out. Cuando el grupo se desintegró, Zack conoció a Tom Morello y formaron Rage Against The Machine, nombre que les pareció más acorde con el tipo de música e ideas que pretendían difundir. La Máquina representaba para ellos la globalización, el neoliberalismo, la alienación, el racismo, la brutalidad, la élite y la ignorancia.

Shocking Blue: demonios azules
Nombre inspirado en Strange Brew, canción compuesta por Eric Clapton en 1967 y cuyo párrafo inicial dice lo siguiente: She’s a witch of trouble in electric blue, in her own mad mind she’s in love with you. With you. Now what you gonna do? El grupo holandés adoptó este nombre antes de que la cantante húngaro-alemana, Mariska Veres, formara parte de la banda y se convirtiera en su principal imán de atracción, no sólo por su exótica belleza, sino porque su voz le impregnó al grupo de tonos soul y R&B, combinados con elementos psicodélicos muy en boga por esa época.

Supertramp: extra-vagancia
Sacado del libro Autobiografía de un Supertramp, del escritor galés, William Henry Davies (1908), que es un cuento sobre un británico que recorre Estados Unidos siendo un vagabundo.

The Cars: hits sobre ruedas
Calificada como la quintaesencia del new wave de finales de los setentas, los inicios de The Cars estuvieron orientados al folk y se hacían llamar Milkwood. Una vez trasladados a Boston, Rick Ocasek y Ben Orr, fundadores del grupo, llamaron al grupo Richard and the Rabbits (¿?). Luego decidieron llamarse Capitán Swing o Cap’n Swing, para luego, una vez que tuvieron listo el arsenal de canciones de lo que sería su primer álbum, adoptaran el definitivo The Cars, nombre fácil de pronunciar y que contenía el verdadero arte pop que cultivaban.

The Who: ¿quién canta?
Empezaron llamándose The High Numbers, pero optaron por The Who, porque sería fácil de fijar en la memoria de la gente, aunque igual les crearía una confusión del infierno al preguntarse quienes son y qué hacen. La primera propuesta de Pete Townsend, guitarrista de la banda, fue The hair and the who, aunque fue descartada porque -según dijeron- el nombre sonaba a nombre de pub, pero tal parece que eso de hair, no iba para nada con la temprana e incipiente calvicie de Townsend.

Velvet Underground: fondo aterciopelado
El nombre proviene de un libro sobre sadomasoquismo escrito por el irlandés Michael Leigh. Cuentan que Lou Reed encontró el texto de casualidad cuando se encontraba en plena mudanza a su apartamento en Nueva York. El nombre le gustó porque evocaba el cine “underground” y calzaba con el estilo que se le pensaba dar al grupo.

WASP: ni avispas, ni racistas, sólo pervertidos sexuales
El nombre no tiene nada que ver con las laboriosas avispas, ni con el grupo social estadounidense conocido como Blancos Anglosajones y Protestantes, en inglés, White Anglo Saxon Protestant (WASP). En realidad, el nombre obedece a otro tipo de siglas, bastante menos ofensiva que la última: We Are Sexual Perverts (Somos unos pervertidos sexuales). Pasadazos!!


(Continuará...)

sábado, 22 de diciembre de 2007

Partidas de Nacimiento

Para bautizar apropiadamente a una banda o grupo se requiere poseer el ingenio para encontrar la palabra o frase más adecuada, que logre llamar la atención e hipnotice a la gente en un santiamén. El nombre de una banda debe tener la justeza para reflejar la esencia de la propuesta musical y, por supuesto, poseer el “feeling” y el “caché” para vender, hablando tanto un sentido musical como de mercadeo.

Un nombre puede surgir de la inspiración en una décima de segundo. También como producto de un sueño que a lo mejor se tuvo hace meses, pero que, en el momento menos esperado, aflora en la mente. En ocasiones, hallar el nombre puede tomar horas, días, semanas, inclusive años, antes de dar en el blanco. Muchos grupos tocan y ensayan por largo tiempo en el garaje hasta que logran hallar esa identidad musical deseada, aunque no son capaces de ponerse de acuerdo para encontrar ese bendita etiqueta. En esos casos se espera que la Santa Casualidad haga el milagro para que algún miembro del grupo encuentre esa palabrita o expresión en un aviso en el periódico, escrito en un baño o en un cartel gigante al costado de la autopista.

En fin, historias sobre cómo parir un nombre deben haber muchas. Aquí presentamos una breve lista de historias de bandas que alcanzaron la gloria, en parte, gracias a ese sello distintivo con el que un día decidieron darse a conocer al mundo. Y vaya que lo lograron.


Aerosmith: hijo del ocio
En un principio se asoció el nombre de la banda con el de de la novela El doctor Arrowsmith (1925), del escritor estadounidense Sinclair Lewis. La autobiografía del grupo titulada Walk this way (1997), develó el misterio. En uno de sus capítulos, el baterista Joel Kramer cuenta que se le ocurrió el nombre mientras disfrutaba de un rato de ocio en la escuela y jugaba con varios nombres para bautizar a su banda de rock soñada. Entre sus nombres predilectos todos empezaban con Aero, así que -según cuenta- apareció el Smith, apellido tan común en Norteamérica, al igual que Pérez, Sánchez o Rodríguez en América Latina.


Alice Cooper: “sons of a witch”
Alice Cooper fue el nombre de una bruja que habría vivido en el siglo XVII, y que, supuestamente, se reencarnó en Vincent Furnier, líder y cantante del grupo. Cultores del hard rock, con magistrales fondos sinfónicos y, principalmente, pioneros del shock-rock, Alice Cooper fue en los setentas lo que hoy es Marilyn Manson o Rob Zombie. Sus recitales se caracterizaron por sus puestas en escena pletóricas de escenas sangrientas en la que más de una vez -según afirman testigos- se han sacrificado desde gallinas hasta gatos. Vincent continúa desmintiendo esas versiones hasta el día de hoy.



Deep Purple: abuela lo sabe todo
La abuelita del virtuosísimo Ritchie Blackmore solía cantar en la cocina, mientras preparaba un pastel, una canción titulada Deep Purple; tema romántico de 1963 compuesta por los desconocidos Nino Tempo y April Stevens. De suave cadencia, la canción era la antítesis de lo que su “pequeño” Ritchie estaría a punto de emprender años después. Al parecer, cuando Blackmore propuso el nombre los miembros del grupo se entusiasmaron y decidieron adoptarlo en lugar del que tenían hasta ese momento: Concrete God. Bien dicen que en los más duros momentos, siempre está la familia para darnos una manito.



Dire Straits: (casi) nada de dinero
Es increíble que una frase que se suele utilizar en tiempos poco felices, suene tan bien en el idioma de Shakespeare. “Situación complicada”, “Andar estrecho de dinero” o “al borde de la quiebra” son las acepciones de Dire Straits. De ello se aprovecharon los hermanos Knopfler, Mark y David, para bautizar a un grupo que, años más tarde, pasarían a formar parte de la gran enciclopedia del rock and roll, gracias a canciones como Sultans of swing, Ladywriter, Money for Nothing, Brothers in arms y muchas más.


Duran Duran: por amor a Bárbara
Inspirado en el malvado científico loco Durand Durand, disparatado personaje de la película Barbarella (1968). Según el guión de la película, Durand Durand pretendía utilizar el letal “rayo positrónico”, capaz de transportar a cualquier ser vivo a la cuarta dimensión. Digamos que las canciones de Simon, John, Andy, Nick y Roger lograron transportar a varias generaciones a otras dimensiones más generosas que lo pretendido por el científico loco, enemigo de la sensual Jane Fonda en el film.



Lynyrd Skynyrd: al maestro con cariño
Pronúnciese Lener Eskener. Su nombre rinde homenaje al profesor de gimnasia del colegio mayor de Jacksonville, Florida, Leonard Skinner, quien odiaba el look pelilargo e hirsuto propio del hippismo. Años después, fue el propio maestro Leonard Skinner, quien presentó a la banda en un concierto celebrado en su ciudad natal. Las vueltas que da la vida.

Red Hot Chilli Peppers: broma picante

El nombre es una parodia que hicieron “Flea” y Kiedis a la banda británica de inicios de los setentas, Chili Willi and the Red Hot Peppers, poco conocida por estos lares, pero con cuajadas interpretaciones en las que mezclaban rock & roll, R & B, country y folk.

Siniestro total: renacer
Lo que le ocurrió a este grupo español es una demostración real de ese adagio que dice: una crisis conlleva a una oportunidad. Sucede que antes de llamarse Siniestro Total, este grupo punk, originario de Vigo, España, llevaba puesto el kilométrico nombre de Mari Cruz Soriano y los que afinan su piano, con nula resonancia. El 20 de agosto de 1981, la banda sufrió un accidente carretero, sin consecuencias mortales, aunque el coche quedó en tan terrible estado que la compañía aseguradora lo declaró “siniestro total”. Tiempo después, los integrantes sintieron que habían nacido de nuevo, cambiaron de apelativo, vinieron los éxitos y hasta ahora no han parado de bailar sobre la tumba de la tal Mari Cruz Soriano, única víctima fatal de ese "afortunado" accidente.

Tears for Fears: los chicos lloran y gritan
Algún DJ ochentero los llamó Lágrimas de Cocodrilo. Craso error, porque el nombre tiene un origen más profundo y psicológico. Este proviene de una frase sacada de la obra de Arthur Janov, The Primal Scream (el grito primario), que trata de las emociones. En la obra se dice que llorar es un buen método para aliviar miedos y neurosis. Los chicos deben haber estado convencidos de la obra de Janov, aunque más adelante, ellos mismos lanzaron su propia teoría sobre el grito (Shout); fórmula que los ayudó a dejar atrás temores y angustias, sobre todo económicas.


(Continuara...)

martes, 4 de diciembre de 2007

Stereo Lima 20 (2da parte)

En 1987, Lima se había convertido una auténtica ciudad de la furia. Eran tiempos en los que la vida no valía un ápice. En cualquier momento tu cuerpo podía estallar en pedacitos si te encontrabas junto a un auto colmado de anfo o dinamita. Los vehículos portatropas se paseaban por Lima levantando jóvenes, casi siempre pobres y de aspecto andino. El toque de queda, decretado por el mismo señor que hoy gobierna, obligaba a todos los ciudadanos a guardarse temprano en casa. La vida nocturna había sido abolida de la faz limeña. Sin embargo, lo que las autoridades no previeron fue que, gracias al enorme despliegue mediático, el recital de Soda Stereo se convertiría con el paso de los días en un evento de envergadura que congregaría a miles de jóvenes, no sólo en Lima, sino también en provincias.

Ese día viernes 19 de junio, Lima amaneció nublada y con una noticia alarmante que ensombreció mucho más los ánimos de la temerosa ciudadanía: el entonces ministro de Justicia (cuyo nombre y cara no quiero acordarme, pero que, probablemente, ocupa un puestazo en el gobierno actual) lanzó un comunicado a la población alertando que Sendero Luminoso ejecutaría una serie de atentados en varios puntos de la capital, por lo que sería conveniente que la gente se quedara en sus hogares. Muchos hicieron caso al comunicado y no asomaron ni sus cabezas por sus ventanas.

Pese a las intimidaciones de los “terrucos”, los organizadores del recital decidieron seguir adelante. Las puertas del coliseo Amauta se abrieron cerca de las 4 de la tarde, aunque las largas filas de chicos y chicas ya habían comenzado a armarse desde ese mediodía. Una que otra tanqueta con algunos efectivos verdes estaban apostados en las esquinas, vigilando que no ocurriera nada anormal. Al final, en lugar de matar “terrucos”, los uniformados se dedicaron a espantar a varazos a los vendedores de “colas”.

Mientras las largas filas circundaban el coliseo y avanzaban con lentitud, algunas madres de familia llegaban con rostros asustadizos al lugar. Rogaban a los policías para que suspendieran “¡por Dios!” el espectáculo, porque “los terroristas habían amenazado con poner bombas”. A los guardias no les quedaba más remedio que mandarlas a la entonces Prefectura de Lima, a ver si allí les hacían caso “porque aquí todo está normal, señora”. Otros padres, más severos aún, llegaban con cara de pocos amigos en busca de sus hijos y llevárselo a casa. Algunos lo lograron, otros tuvieron que rendirse y pegar la vuelta ante la férrea resistencia de los adolescentes y el “roche” de quienes se ganaban y carcajeaban con la reprimenda.

Imágenes retro
Una vez en el interior del coloso, chicos y chicas fueron poblando la platea y la pista central, sí, justo allí donde se desarrollaban los espectáculos circenses de julio y agosto de cada año. El ingreso del público era rápido. Todos querían la mejor ubicación. Poco a poco, a medida que pasaban los minutos, el lugar tomaba la forma justa para que en cualquier momento estallara en llamas. En la parte baja, cerca al escenario, las infaltables broncas entre sujetos borrachos y/o fumados, así como el popularísimo “pogueo” avizoraban un clima candente.

Luego de más de dos horas de espera, casi sordos por el elevado volumen que salía de los gigantescos parlantes, el recinto se oscureció por completo. “Por fin” dijimos. ¡Ya! Sin embargo, recordamos que a la “fiesta” también habían sido invitados como teloneros los nacionales de Feiser, así que, en abierto apoyo al (re)naciente rock peruano y haciendo causa común al lema “gerardomanuelista”: son peruanos y son buenos, había que escuchar y aplaudir a los que estaban en el escenario. En ese momento, Feiser había logrado ubicar un par de canciones en las radioemisoras juveniles más populares en ese momento. Pese a que, ni entonces ni ahora ni nunca, Alamo Pérez Luna, su dizque vocalista, tenía la voz apropiada para cantar rock, igual la gente coreaba sus canciones. Pero fue la última, Dame una salida, la que desató el mayor furor de la concurrencia, no por ser un “hitazo” ni nada por el estilo, sino que a esas alturas de la noche todos deseábamos con ansias que Alamo y sus tres excelentes músicos acompañantes (he de reconocerlo), encontraran una salida y se largaran para empezar de una vez con el rito de soda.

Ahora sí, cuando el ambiente oscureció nuevamente y los reflectores pintaban el ecran con una tonalidad similar a la tapa del Signos, las siluetas de Cerati, Zeta, Alberti y, su tecladista invitado, Daniel Saiz tomaron sus respectivas ubicaciones. Al igual que en sus presentaciones previas en Argentina y Chile, el suave guitarreo acústico fue la señal de que Signos sería el tema que abriría el espectáculo.

Canción animal
Basándome en algunas memorias prodigiosas que circulan por internet, puedo enumerar las siguientes canciones presentadas esa noche: Imágenes retro, Estoy azulado, No existes, Si no fuera por…, Final caja negra, El Rito, Trátame suavemente, Persiana Americana, Prófugos, Juego de seducción, Cuando pase el temblor, algunas otras y, como fin de fiesta, Nada personal y el Vita-set.

Recuerdo que la parte delantera, casi al borde del escenario (en ese tiempo no existía zona VIP), estaba poblada al inicio casi en su totalidad por chicas. Conforme pasaban los minutos y el estrujamiento empeoraba, los paramédicos (o lo que sea, no existían los fortachones 911) las fueron extrayendo una por una: algunas salían por sus propios medios pero con las ropas rasgadas, otras con severos ataques de nervios y en lágrimas y, una que otra sin sentido. A la mitad del concierto yo estaba ubicado a un metro del escenario, feliz de estar cerca a mis ídolos. No me importaba la falta de aire, pegarme a los sudores ajenos, los decibeles al máximo ni que estallaran en mis oídos. Era yo y mi pasión, no contaba nada más.

Final Caja Negra
Esa noche salí solo del Amauta rumbo a casa. A mis amigos los perdí quizá en la estrofa de alguna de las canciones. Entre el recuento de daños producto de tan eufórica jornada figuran el haber sentido el peor dolor de oídos de mi vida, un seseo constante que abandonó mis tímpanos una semana después y un moretón en el muslo izquierdo producto de la “gomeada” que un policía me propinó mientras éste repartía golpes intentando alejar a los “colones”. Pese a las magulladuras, igual regresé al día siguiente a la segunda presentación. Fiel al “castigo”, me dispuse a pasar por el mismo trance que el día anterior, aunque esta vez ya me fui a tribuna; bien acomodado y a escuchar con el poco oído que me quedaba el mismo y maravilloso repertorio de canciones. Cosas de fan, cosas de Soda.






sábado, 17 de noviembre de 2007

Manteniendo la línea

Contrario a lo que muchos aguardábamos, la noche del miércoles 14 de noviembre fuimos testigos de una versión distinta de aquel grupo que, años atrás, componía magistrales melodías poniendo en la licuadora ritmos como el jazz, el blues, el rock duro, el progresivo y hasta el funky, para extraer el zumo final que era la esencia de su ser.

Con esto no quiero decir que esa noche estos elementos hayan brillado por su ausencia, sino que en los casi 120 minutos que duró el espectáculo, la guitarra de Steve Lukather secuestró la noche, como queriendo demostrar que, pese a los años, el grupo está lejos de mostrar apatías y baja adrenalina -cosa que les sucede a muchas bandas clásicas- y, en cambio, quiso demostrar dureza en cada una de sus actuales y antiguas canciones como queriendo decir: aquí estamos, más robles que nunca.

En la pasada jornada del miércoles, en el Vértice del Museo de la Nación, Toto nos dio un paseó por casi toda su trayectoria musical, con un show en donde mezclaron temas nuevos de su reciente disco, Falling in between, con buena parte (no toda, lastimosamente) de su repertorio clásico. Aquellos que habíamos leído previamente sobre su gira mundial 2007 estábamos alertados: esta vez la grilla no incluía algunos hits radiales que hicieron delirar a las juventudes setenteras y ochenteras (como quien esto escribe) y, en su lugar, el grupo tendría que pasar la prueba de ser evaluado por un público que, por vez primera, escucharía la propuesta de su nuevo álbum. Y lo aprobó. Porque el poder seductor emanado de las guitarras estridentes y acústicas, junto al excelente complemento vocal de cuatro de sus integrantes, la explosiva percusión de Simon Phillips y el magistral teclado de marca Phillinganes lo hizo todo fácil. Toto presentó con singular maestría las canciones de su nuevo álbum, las mismas que gustaron desde el principio, en especial, Bottom of your soul, Taint your world, y la pieza que da título al disco.

Pero si bien el excelente inicio logró cautivar al respetable, éste esperaba desfogar sus ansias guardadas por muchos años al escuchar las primeras notas de las canciones que los hicieron mundialmente famosos. Y Toto no nos podía defraudar, pues éstas por fin llegaron provocando el delirio en la multitud, conformada por cuarentones y veinteañeros en estrecha alianza musical. Vinieron Pamela, Stop lovin’ you, Hold the line, Rossana, Isolation y, por supuesto, Africa, que cerró el show. Lástima que el repaso musical no incluyera otras melodías que en su debido momento fueron objeto de culto en la FM como Holyanna, Stranger in town o St. George and the dragon.

Antes del show, muchos nostálgicos extrañaban la a los creadores del grupo: David Paich, Michael Porcaro y, claro, el finado Jeff Porcaro. No obstante, los ahora titulares, el tecladista Greg Phillingannes, el bajista Leland (Saruman) Sklar, y Tonny Spinner, en la guitarra rítmica y apoyo vocal, reafirmaron su bien ganado prestigio en el universo del rock. Cada uno dejó por sentado que no por gusto acompañaron en el pasado a monstruos de la talla de Eric Clapton, Brian Ferry y George Benson, en el caso de Greg; y de Phil Collins, Jackson Browne y Rod Stewart, por citar algunos, en el caso de Leland. Nota aparte merece el desempeño del gran Greg, quien se metió al público en el bolsillo ni bien empezó el recital. El éxtasis llegó a su cúspide al ejecutar, a piano limpio y puro, un set de coplas del grupo en donde brillaron, una seguida de la otra 99, Georgy Porgy y Child’s anthem.

Fueron dos horas de incontenible emoción que largamente superaron al anterior show que dio el grupo en 1996. Y no es que esa vez su performance haya sido poco feliz. De hecho se llevaron buenos elogios de la crítica. Pero en el show de hace once años se sintió como si faltara una pequeña pieza en ese rompecabezas musical. Sucede que Toto, sin Kimball, no es Toto. Disculpen señores Lukather, Paich y Porcaro, pero el alma fuerte del grupo es, definitivamente, el talentoso Bobby. Lo demostró esta noche, pues fue el que mayor ovación recibió del respetable. Pese a que su registro vocal no es el mismo, tuvo el suficiente aire como para sacar adelante cada una de sus interpretaciones, sobre todo Hold the line. En conclusión, Toto le sacó brillo a la noche gris limeña y demostró que, pese a los años, sigue manteniendo la línea.

domingo, 11 de noviembre de 2007

Stereo Lima 20 (1era parte)

Aunque para algunos lo correcto hubiera sido poner 12, yo le pongo 20, porque si bien Soda Stereo vino en 1995 para dar un recital en el campus de la Universidad de Lima, considero que la visita que realizó a Lima en 1987, hace 20 años (¡qué maduro que estoy!) fue la que desató mayor expectativa y furor, y la que ha quedado prendada en la retina y en los oídos de muchos chicos y chicas de mi generación.

Recuerdo que en 1987, las programaciones de algunas radios juveniles (Panamericana, 1160, Studio 92, entre otras) habían casi desterrado al pop/rock británico-estadounidense, cediendo terreno a la invasión del rock en castellano, hecho en esta parte del mundo, aclaremos. A muchas bandas y grupos de rock de España se les escuchaba desde hace varios años en casi todas las emisoras limeñas, tanto en la FM como en la AM.

Si no me falla la memoria, creo haber escuchado por primera vez a Soda Stereo en radio Doble 9, la radio rock de Lima (hasta ahora viva, gracias a Dios). Para 1986, las canciones de su primer álbum, con fuerte influencia Ska y letras relajadas y cómicas, llegaron a oídos del gran público a través de Studio 92, que comenzó a propalar Tele-k, Te hacen falta vitaminas y Sobredosis de TV. Fue por ese tiempo entonces, a los 16 años, edad en la que mis gustos musicales estaban dictados por la tiranía radial, que adquirí la "Sodamanía", enfermedad que hasta ahora padezco y del cual no quisiera sanar ni encontrar antídoto.

Recuerdo que Soda Stereo disputaba el primer lugar de popularidad con los españoles de Hombres G. No era una guerra, precisamente, porque existían (existen) muchas diferencias musicales entre ambos. Había también divergencias en cuanto a las características de sus seguidores. Me explico: mientras que la mayor parte de fans de Soda estaba conformada en su mayor parte por varones; los Hombres G eran seguidos (y perseguidos) por un abrumador porcentaje de chicas; veinteañeras, quinceañeras y hasta niñas de diez o nueve años que exigían a sus papis que les pusieran Devuélveme a mi chica o Martha tiene un marcapasos en su fiesta de cumpleaños. Imagino que a ningún papá o mamá le hubiera gustado poner en algún cumpleaños de sus hijos, menores de edad aún, alguna canción con una letra del tipo: no puedo, no puedo, seguir maquinándome (masturbándome, en realidad).

Al igual que en el año anterior, en 1987, Radio Panamericana (antes que sufriera la triste metamorfosis para convertirse en salsera) fue la encargada de realizar la promoción del concierto de Cerati y compañía. Las 24 horas del día su programación estaba inundada por especiales de veinte minutos con la música del trío argentino, y eso que el grupo sólo contaba con tres discos en su haber. Fue un bombardeo incesante que al final tuvo buenos resultados.

El Club de fans
Semanas antes del recital, la radio de la calle Mariano Carranza hizo una convocatoria a los seguidores incondicionales de la “Trilogía del rock”, para que sellaran su pacto de fidelidad con el grupo. En el mismo local de la radio, uno se podía inscribir y luego recabar el carné oficial que nos convertiría en socios privilegiados del club de fans de Soda Stereo. Como una cortesía del auspiciador, cada uno de los nuevos integrantes oficiales del Clan de Soda pasaría a la cabina de la radio para ser entrevistado y su voz ser escuchada por miles y miles de radioyentes en todo el país. Allí estuve yo, entonces, a punto de ser entrevistado por el entonces principiante, Ricardo Claros, quien fue el gran propulsor de mis 15 segundos de fama en la radio:

RC: ¿Cómo te llamas?
A: Angel.

RC: ¿Cuántos boletos has comprado Angel?
A: Dos, para las dos presentaciones en Lima.
RC: ¿Dos boletos? Eso sí que es ser fan.

RC: ¿Qué canción de Soda Stereo te gusta más?
A: Persiana Americana. (Ahora me gusta En la ciudad de la furia, la mejor de todas)

Luego Ricardo pasó el micrófono a otro chico que estaba parado a mi lado. Mientras Ricardo le hacía las mismas preguntas, el chico mostraba ante un monitor de tv que estaba apagado, muy orgulloso y con una sonrisa de oreja a oreja, sus boletos y su carné de fan, pensando seguramente que su rostro estaba saliendo por televisión. Por supuesto que dentro de la cabina nadie le dijo nada, pero al salir oí unas sonoras carcajadas que se entremezclaban con las tiernas melodías del Trátame suavemente.

Pese a que el carné no tenía ni mi nombre ni mi edad (nos dijeron que uno mismo tenía que llenar esos datos), me sentí muy feliz de pertenecer al clan de Soda Stereo. Sin embargo, al poco tiempo, el amor (o no sé que sería) me empujó a obsequiar ese carné a una chica con la cual yo quería estar, aunque ella me había confesado que amaba a muerte a Gustavo Cerati. Por supuesto que la misión de “caerle” era suicida y tenía yo todas las de perder, porque de Cerati yo no tengo nada, salvo el hecho de que ambos somos varones. Y bueno, empeñado en seguir esta aventura, para su cumpleaños le regalé el tan valioso carné de fan de Soda Stereo, junto con un casete que tenía grabado el recital que había dado el grupo en Lima, un año antes. Con el tiempo, ni logré convertirme en su enamorado, ni sé lo que ella hizo con el carné. Sólo sé que ahora ella está casada, tiene tres hijos, sigue viviendo por mi barrio y baila y goza al son de Néctar, Agua Marina, y, a veces, al ritmo de Daddy Yankee o Tego Calderón que sus hijos la obligan a bailar. Ah! y de buena fuente sé que le interesa un carajo que Soda Stereo vuelva a Lima. Cuán ciego y sordo es el amor a los 17 años.

(Continuará…)
Nota: No es que después de 20 años, haya obtenido el carné del club de fans de Soda Stereo de manos de mi musa adolescente. La imagen que ven es cortesía de un amigo que sí supo conservar y aquilatar un gran recuerdo de la época.