Y seguimos con los recuerdos vergonzosos y las autoflagelaciones. Por fortuna, son pocos, pero son…y cómo duelen.
En aquellos tiempos, cada vez que las emisoras de música pop propalaban bloques especiales con música de Bowie, los programadores radiales siempre ponían esta canción como la primera de la lista. En la actualidad he descartado de mi vida a la radio, pero no me extrañaría que las cosas siguieran igual. Una demostración más de que aquello que le gusta a la gente no siempre es sinónimo de calidad y buen gusto. "Modern love" fue un hit en el verano de 1984, pero en lo personal uno de los peores singles del igualmente discreto “Let’s dance”. Es tan mala la canción que ni la participación de Stevie Ray Vaughan en el disco la salva del naufragio.
The war song –
Culture Club (1984)
La guerra es estúpida. Qué novedad. ¿Hacía falta que Boy George nos lo hiciera recordar? La canción tuvo su cuarto de hora de fama por su propuesta frontal, directa y su coro multilingüe. La verdad es que este cuarteto inglés nunca me gustó del todo. En los duelos radiales entre Culture Club y Durán Durán, estos últimos casi siempre arrasaban en llamadas telefónicas. Yo no gastaba ni un segundo en línea, pero cómo celebraba la derrota de esta banda que acabó sus días en medio de líos por drogas, alcohol y faldas, aunque no precisamente del sexo femenino. Tiempo después se supo que Boy George había mantenido un romance secreto con su baterista, Jon Moss. Sin embargo, al estilo de las telelloronas mexicanas, ambos acabaron tirándose de las mechas: “eres una estúpida”, le dijo Moss; Jorgito lo dejó, se dedicó a la vida disipada de pura frustración y después a limpiar calles y avenidas.
All I need –
Jack Wagner (1984)
La consigna es: si quieres elevar tu raiting, obliga a tu galán a grabar un disco, no importa si es un desorejado o tiene voz de pito. Jack Wagner no cantaba mal; es más, su timbre pasaba piola y sirvió para que los marketeros de la soap opera General Hospital lo conjugaran con su buena pinta. Jack se enfundó con una guitarra para conquistar a los corazones femeninos y, de paso, regar su talento por todo el mundo. Logró grabar cuatro discos larga-duración. No está mal para alguien que empezó con una baladita insubstancial e insoportable, que alguna vez dediqué a una persona muy especial. El ejemplo de Jack cundió y otras estrellas de tv como Don Johnson y David Hasselhoff cogieron sus micrófonos para tortura de millones de telespectadores y fans.
Silly love songs –
Paul McCartney (1976)
Fue la primera canción de un artista ligado a The Beatles que escuché en mi vida. No sé si fue en el ‘77 o en el ‘78, pero de allí en adelante, mi curiosidad por conocer más detalles sobre el autor de esta melodía ultra-light fue creciendo hasta que terminé por escuchar y adquirir toda la discografía beatlesca. Silly love songs fue para mí como ese “primer amor” de la infancia, con la que jugaba al "papá y a la mamá”, a “la comidita”, al “doctor y a la enfermera”, pero que años después, en pleno furor adolescente, el rubor te consume al encontrártela cara a cara, nuevamente, porque regresan a tu mente esos inocentes momentos que pasaron juntos. De vez en cuando escucho el Greatest Hits de los Wings, pero siempre me salteo esta pista.
What’s up? –
Four nonblondes (1993)
Ayer una amor, hoy una traición. Esta es una de las canciones que evado sin dudas ni contemplaciones. Lo irónico es que apareció justo en una época de cambios y replanteos en mi vida. A mis 23 años salía de una etapa gris y empezaba a avizorar una pequeña luz de esperanza escuchando como fondo el estribillo demoledor de Linda Perry que me decía: “…hey, hey...¿qué te está pasando?...desahuévate”. No sé si emergí del fango impulsado por esta melodía, pero de tanto escucharla y cantarla me terminó empachando. Lo reconozco: soy un ingrato y mal agradecido.
Tonight –
New Kids on the block (1990)
De entre todas mis vergüenzas, esta es la más repugnante; la que hasta ahora sólo conocían mis círculos más íntimos; la que en algún segundo fatal me hizo pensar en hacer Puenting sin soga en el Puente Villena; una herida purulenta que aún no cierra pese a los años transcurridos. La verdad, no sé qué mierda pasó por mi cabeza cuando decidí comprarme el casete de estos imberbes maniquíes. Debe ser porque la tonadita de esta canción me sonó un poco beatlesca, quizás. Gasté unos cuantos miles de Intis en este infame producto y, luego, para salvarme del infierno, se lo obsequié a una buena amiga. Ahora, estos bellacos han regresado a los escenarios para alegría de muchas treintonas y cuarentonas, y alergia de quienes, como yo, tuvimos que soportar sus babosas canciones invadiendo las radioemisoras limeñas.